Una historia para recordar

En un año cualquiera, como un día cualquiera, pero no un mes cualquiera, para casi todos los chilenos. Fui de compras con mis dos bellas y sonrientes hermanas y mis padres, lo cual era muy cotidiano ir a realizar las compras del mes, mamá recorriendo por los pasillos y buscando lo que le podría hacerle falta y lo que realmente necesitaba, mi padre por otro parte hablando por su teléfono celular, por mi parte yo con una cara no muy amistosa, ya que al parecer tenía hambre, pues el día era frío y para nada acogedor.

Estaba cansada y aburrida, recuerdo perfectamente ese día. Todas las personas corrían de un lugar a otro, desesperados, pensando que si no compraban lo que querían y no necesitaban se derrumbaría el mundo a sus pies. La gente vuelta loca, los niños gritando, caos por todo mi alrededor y yo solo con una botella de agua y mis audífonos. Quería regresar a mi hogar a descansar y esperar el fin de semana largo que ya se veía venir, los minutos se hacían muy largos. Después de un momento acompañe a mi madre a comprar quesillo entre otros lácteos, mientras tanto la esperaba con el carro de compras, mire a un señor de alta estatura, delgado, que llevaba a un pequeño niño en sus hombros, cualquier persona hubiera pensado que era una sujeto normal haciendo sus deberes, pero nadie observo en qué estado se encontraba el pequeño, las personas hacían sus compras sin mirar lo que pasaba alrededor.  El niño debió haber tenido unos 5 o 6 años de edad, cabello oscuro, ojos marrones, con un oso de peluche en sus brazos, y con una mochila en su espalda, no era cualquier mochila, sino un estanque de oxígeno, que le permitía al niño respirar, su labios eran morados, sus ojos color marrón pero su esclerótica era roja, su sonrisa perdida, la cual yo quería encontrar, pero no hallé. Podría percibir sus ganas de salir corriendo, de querer huir de todo lo que le hacía daño, su padre estaba cansado. Me puse a pensar en el pequeño, de cómo se debería sentir, de si necesitaba algo, si buscaba a alguien, en ese instante me sentía vulnerable. El hombre se marchó con él en sus hombros y solo vi cómo se alejaba.

En esos momentos es cuando uno agradece lo que tiene, ¿El cómo se deberá sentir ese niño al despertar todos los días? y saber que es diferente a los demás, dar gracias por tener un día más con su familia. ¿Y nosotros que? Preocupándonos de cosas sin sentido, de no ser realista, y no tener empatía ¿Porque a nosotros nos tiene que pasar algún acto no esperado para dar gracias de lo que tenemos?… Cuando deje de mirar cómo se alejaba, pensé en mis hermanas, que pasaría si ellas hubieran sido ese pequeño; el disfrutarlas cada día y ver cómo crecen, de la satisfacción de saber que están bien de que nunca les pase algo, de dar mi vida por ella si fuera necesario, de valorar más lo que tenemos, y tener la fuerza de sonreír día a día.

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